CapÃtulo I
Que muestra cómo era la casa en que saltó al mundo el pensamiento de Alraune
La casa blanca, donde se originó la idea de Alraune ten Brinken —mucho tiempo antes de nacer ella, mucho tiempo antes de ser engendrada—, estaba junto al Rin. Un poco apartada de la ciudad, en la calle mayor de la villa que parte del antiguo palacio del arzobispado que hoy alberga la Universidad. Allà estaba. Y allá vivÃa entonces el consejero de justicia Sebastian Gontram.
Viniendo de la calle, se cruzaba un largo y feo jardÃn, que no conocÃa jardinero. Se llegaba a la casa, cuyas paredes se desconchaban; se buscaba la campanilla en vano, se gritaba, y nadie acudÃa. Por fin, se empujaba la puerta y se entraba, subiendo las sucias escaleras de madera, jamás lavadas. Tal vez un gato grande saltaba atravesando la oscuridad.
Otras veces el jardÃn se animaba con los hijos de Gontram: Frieda, Philipp, Paulche, Emilche, Jösefche y Wölfchen. Se los veÃa en todas partes, trepando por las ramas de los árboles, arrastrándose por cavas profundas en la tierra. Luego estaban los canes: dos descarados perros de lanas y un faldero, más el grifón enano del abogado Manasse, que parecÃa un membrillo, pardo, redondo como una bola, apenas mayor que un puño. Se llamaba Cyklop.
Y todos alborotaban y chillaban. Wölfchen, que apenas tenÃa un año, yacÃa en su cochecillo, berreando con terquedad horas enteras. Sólo Cyklop podÃa sostener esta hazaña y ladraba sin cesar, con ladridos roncos y entrecortados. Como Wölfchen, no se movÃa de su puesto; no hacÃa más que ladrar y aullar.
Los chicos de Gontram jugaban en el jardÃn hasta muy avanzada la tarde. Frieda, la mayor, tenÃa que vigilarlos y cuidar de que fueran buenos. Pero ella pensaba: ya son bastante juiciosos. Y se sentaba al fondo, junto al cenador de las lilas con su amiga, la pequeña princesa Wolkonski. Ambas charlaban y disputaban, pensando que pronto cumplirÃan catorce años y podrÃan casarse o, por lo menos, tener novio. Pero ambas eran piadosas y estaban resueltas a esperar todavÃa catorce dÃas, hasta después de la primera comunión.
Entonces se vestÃa una de largo. Entonces se era ya mujer y se podÃa tener novio.
Ellas se creÃan muy virtuosas con esta determinación. Y pensaron que era procedente ir a la iglesia enseguida, a los oficios de mayo. En esos dÃas debÃa una recogerse y ser seria y razonable.
—Y quizá vaya también Schmitz —dijo Frieda Gontram.
Pero la pequeña princesa frunciendo el ceño dijo:
—¡Bah! ¡Schmitz…!
Frieda la cogió por el brazo.
—Y los bávaros, con sus gorras azules…
Olga Wolkonski se reÃa.
—¿Esos…? Esos son unos descamisados… ¿sabes, Frieda? Los estudiantes distinguidos no van nunca a la iglesia.
Valoraciones
No hay valoraciones aún.